Cómo usar menos el celular y recuperar nuestra atención

Hombre viendo smartphone No, este no soy yo. Pero la foto da mal rollo e ilustra bien el post

Encender pantalla, desbloquear pantalla, abrir Instagram… O Twitter… O Facebook… O YouTube… O el correo… O simplemente ver la hora. Esta acción la repetimos una y otra vez a lo largo del día en piloto automático, sin siquiera percatarnos de lo que estamos haciendo. En promedio, desbloqueamos nuestro teléfono 150 veces y lo usamos alrededor de 3 horas al día, según Internet Trends.

Hay que aceptarlo: tenemos un problema.

Llegué tarde a la era del smartphone. Por allá por 2010, en Venezuela, BlackBerry era el rey. Yo era uno de los pocos bichos raros que se resistía a comprar uno de esos aparatejos, tan modernos en aquella época (hoy parecen más un cuernófono de Los Picapiedras). Cuando alguien me pedía mi PIN (¿se acuerda alguien del famoso PIN?) y contestaba que no usaba BlackBerry, me preguntaban: “Ah, ¿entonces tienes un Iphone?”. Cuando me reía y decía que era muy pobre para comprar un Iphone ponían una cara que reflejaba una mezcla de lástima y desagrado. Similar a cuando uno ve a un becerro de dos cabezas.

Pero la sociedad cambió al punto que no hubo opción: me uní a la smartphonemanía. Desde hace 6 años pose uno y mi relación con este dispositvo es complicada. Me aterran las horas que se me van sin darme cuenta viendo Twitter, leyendo artículos o revisando el correo.

Me percaté, por ejemplo, de que a veces lo sacaba para mirar la hora. El problema es que había perdido mi capacidad de atención al punto de que, a los pocos segundos de ver la hora, no sabía qué hora era. No me fijaba, simplemente cogía el aparato y miraba la pantalla. Entonces lo volvía a sacar. Y así, varias veces al día.

QUITÁNDOLE EL ÓXIDO A ESE CACHARRO QUE SOLÍA SER MI ATENCIÓN

Las redes sociales y los smarphones forman un tándem maligno que nos está trayendo muchos problemas. Uno de ellos, como mencioné, es que ha corroído nuestra capacidad de atención para dejarla como un cacharro viejo carcomido por el salitre.

Quiero aclarar que, generalmente, no soy uno de esos usuarios que hace uso intensivo del smartphone. No tengo casi redes sociales (solo Twitter) y no uso mucho WhatsApp. “¿Qué coño haces con un smartphone entonces?”, te preguntarás. Lo maravilloso y perverso del mundo digital es que acabas encontrando algo para enchancharte. Leo artículos y veo videos en YouTube.

Y a pesar de que mi ego puede sentirse muy complacido consigo mismo porque usa el smartphone para leer sesudos análisis sobre las posibles tendencias del Bitcoin a largo plazo en lugar de ver videos de gente bailando en TikTok, un vicio es un vicio.

Antes pensaba que por pura fuerza de voluntad podría parar. Lo cierto es que no. Todo el sistema actual entorno a internet está diseñado para explotar nuestras vulnerabilidades. Por suerte, hay algunas cosas sencillas que hice para disuadir a mi cerebro de reptil del cretácico de coger el aparatico por enésima vez. ¿Las más básicas?

  • Desactivar las notificaciones
  • Desinstalar redes sociales (Adiós, Twitter, te veré en el infierno)
  • Ocultar las apps que más uso (E-mail, YouTube)
  • Poner la pantalla en blanco y negro (Descubrí esta función hace poco. Es increíble cómo solo los colores de la pantalla ya nos enganchan)
  • Meter el teléfono en una gaveta (No se trata de resistir la tentación, lo mejor es no exponernos a ella)

¿Y QUÉ TAL ME VA AHORA?

Mi teléfono tiene una aplicación por defecto llamada Bienestar Digital donde me dice cuántas veces lo desbloqueo al día, cuántas horas paso navegando y en qué apps. Sin embargo, si no cuentas con una app parecida puedes descargar Social Fever para Android.

Me sorprendió bastante cómo, aplicando algunas medidas, mi uso del aparato se había reducido considerablamente. A principios de junio, casi todos los días pasé más de una hora usando mi smartphone. La semana pasada, parecido, con una leve mejoría. Esta semana, llevo alrededor de dos horas en tres días. No está mal.



Sin embargo, sigo pensando que es mucho tiempo tiempo y además, temo a las recaídas. Bastará un día en el que el autobús se tarde más de lo normal o que esté haciendo fila en algún sitio. Entonces mi mano se introducirá en mi bolsillo sin que me dé ni cuenta y para cuando me percate, llevaré una o dos horas enganchado.

EL VERDADERO PROBLEMA

El primer paso es reconocer la situación. El segundo es reconocer que por pura fuerza de voluntad no la vamos a cambiar. El tercero, tomar pequeñas medidas. El cuarto es el más difícil, pero el más importante.

Hay que cambiar internet.

Existe un movimiento llamado Time Well Spent (tiempo bien empleado) que señala todos los problemas que causan las redes sociales actuales: la polarización, la adicción, la ansiedad y la reducción de nuestra capacidad de atención, entre otros.

En la página del Center for Humane Technology hay información reveladora al respecto, además de recursos que pueden ser de utilidad. Por ejemplo, nos muestran cómo pasamos más tiempo en aquellas apps que nos causan más infelicidad.

Imagen Center for Humane Technology
Fuente: Center for Humane Technology


Tristan Harris, Director Ejecutivo de la organización, explica en este video cómo las grandes tecnológicas se han enfocado en todo lo que nos hace daño para crecer. Darle a los usuarios “lo que quieren”, alegar que la tecnología es un asunto neutral y que ellos no deben intervenir en el uso que se le da, buscar crecer a cualquier costo, entre otras. El video está en inglés y es largo. Pero no está mal mirarlo para mejorar nuestra capacidad de atención y además tiene subtítulos en español.



En mi caso, no soy muy optimista. No creo que Google o Facebook estén dispuestas a reducir considerablemente sus ganancias en pro del bienestar de los usuarios. Hablo de un bienestar auténtico, no de esos saludos a la bandera de Zuckerberg llenos de buenas intenciones.

La única manera de conseguirlo sería enviando un mensaje masivo y contundente. Que los usuarios dejemos muy claro que no tienen derecho a absorber nuestra atención y nuestro tiempo en apps que, al final del día, quizás nos han hecho más infelices. Pero el primer paso, será reconocer que todos tenemos un problema.